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30.1.17

Sirena




Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.

-Mario Benedetti

10.10.15

Parábola del trueque

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos. 

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros. 

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas. 

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía. 

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo. 

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra. 

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas. 

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero. 

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales. 

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas: 

-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado! 

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias. 

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo. 

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada. 
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia. 
Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla. 
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.
Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados. 
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo. 
FIN

22.1.13

Villa Rica

Foto: Calletano Domínguez Cortesía de Selene Marluns
¿Cuántas veces morí ahogado al perseguir de madrugada a una sirena? 
En las playas de Villa Rica están mis almas cristalizadas en sal. 
Si buceas alrededor de la roqueta podrás mirarlas como estatuas del pasado. 
Las muertes de un pirata que de listo quiso pasar,
pasado por agua el deseo y su amor,
su amor al canto marino 
su amor al cálido ambarino de unos pies,
que nunca tocan el bar 
pese a bailar en él 
sin fin 
sin ti. 


http://elmismisimo.blogspot.mx/2010/04/villa-rica.html

9.9.11

Manifiesto de complicidad


Si un día
 -por ejemplo-
   planearas, qué sé yo….
     robar un banco…
      quemar una iglesia…
        matar a un político…
          derrocar un gobierno…
            inventarte un dios…
             hacer una hoguera de libros…
               arruinar una boda…
                liberar un zoológico…
                 comenzar un país…
                  estropear una coronación…
                   arrojar un pastel sobre la cara de un presidente…
                  resucitar a los muertos…
                 desatar una revolución…
                contagiarte de alguna pandemia…
               extinguir a la raza…
              desnudarte en una abadía…
             reventar aeroplanos sobre edificios…
            pintar de rojo todos los mares…
           simular una identidad…
          descarrilar un tren en marcha…
         burlarte de los desfiles monárquicos…
       o simplemente…
      tomar un café por la tarde,
   yo sería tu cómplice -sin pensarlo
-
porque te quiero.

Carlos N. Duro

4.7.11

Te quiero a las diez de la mañana

" Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. "

Jaime Sabines  

6.3.11

DE CIERTO TIEMPO

i
La luna baja los escalones,
el viento la despeina,
le desata la blusa;
ella se detiene,
se extingue,
promontorio de arena
cúmulo del azar,
desierto inmóvil.

ii
Imaginar que alguien no quería
que esto sucediera
en la noche de su licantropía.

iii
La escritura de la soledad
-en los reinos de arena-
tiene grafías de silencio,
hasta que un ojo de agua,
los brazos del cactus,
colocan su decir en la hoja
donde sólo escriben las sombras;
el misántropo roedor
se asoma a la página
y en lugar de leer
carcome los filos de un salmo
que empezaba a florecer.

iv
Desierto, luna, escritura;
notas del presagio
cuando el viento es musical.

v
Nadie ve el derrumbe en el reloj de arena.

9.2.11

Diez tipos de hombres

No es cierto que los hombres sean todos iguales querida
ni que todos sirvan para lo mismo
algunos no sirven ni para eso
y de los que sirven
los hay de varios tipos

los que te dicen después de diez años
que quizás deberían haberse quedado contigo

los que te dicen después de diez años
que no deberían haberse quedado contigo

los que te dicen que todo
lo que hiciste en diez años
se lo debés a ellos
-que vos no venías después de todo
de dar la vuelta al mundo
venías de nuevo parís
con el agujero de los zapatos
disimulado con una cinta roja seudoalternativa-
y te explican todo lo que vos no sabés de la vida
mientras vos
seguís arreglando enchufes
con cuchillos de cocina

los que debiste conocer diez años antes

los que debiste conocer diez años después

y los que no debiste conocer nunca
que los hay en pila

los que se acuestan contigo tres veces en diez años
y esperan que sigas estando siempre lista

los que no cambian ni una coma en su versión de la historia
y después de diez años siguen enojados contigo

los que cambian diez veces su versión de la historia
y después de diez años siguen enojados contigo

o los que son únicos excepcionales divinos
maravillosamente cultos refinados alegres misteriosos
con una boca que madre mía
llenos de defectos encantadores perdonables
soñadores principistas igualitarios
experimentados sensibles bipolares
y te lleva lo mismo dos semanas tres meses o diez años
darte cuenta que todo era mentira

los hombres son todos diferentes querida
vos cuidate de todos y enamorate de todos
si querés que diga
porque si los dejás pasar solo por cuidarte
dentro de diez años
no te lo perdonarías


Malmö, enero de 2011

2.2.11

Receta casera - Juan José Arreola


Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como moscas en la miel.


Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidado de que no lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.


El espejo mágico puede improvisarse fácilmente, profundizando en la tiña de baño. Como todas son unas narcisas, se inclinarán irresistiblemente hacia el abismo doméstico.


Usted puede entonces ahogarlas a placer o salpimentarlas a gusto.

31.1.11

Todo queda reducido a puntos suspensivos... ("Se dibuja una estrellita...)


"Los verdaderos eslabones están como siempre en otra parte, de nada vale prever la danza porque todo se trunca, el bailarin es bailado, lo de abajo toma el lugar de lo de arriba y lo mima."

Julio Cortazar

30.1.11

Historias de Cronopios y Famas -Julio Cortazar

La foto salió movida


Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.



Viajes


Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.
Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".
Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.
Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.

27.1.11

Toma las llaves de la casa y llévate lo que quieras



                                   Por Eric Ahumada 


(Hans Bellmer)

No te animes: ¡quédate así hasta estallar! Quién dice no a las coincidencias, algo me habrá de tocar, una pierna, el labio inferior o el torso completo. En las telenovelas el amante es el que disfruta, luego vienen los complejos de inferioridad, las vulgares crisis políticas y los celos.

23.1.11

Sin pretenciones

Con la excusa de ser cada vez más críticos, la gente genera un vínculo fuerte con la porquería. El hastío es voluntariamente regulado. la gota que colma el vaso jamás llega, porque uno siempre quiere tomar un traguito más de esa bebida tan rica que nos hace un agujero en el hígado. El ideal de vida sigue siendo para mi la soledad. Uno se cansa de ver envejecer a la persona que ama, aparte de las molestias que ocasiona, como notar que realmente uno no ama tanto mientras limpia la mierda que el viejo o la vieja va dejando al atravesar el pasillo, estar sólo con una persona es una farsa insostenible, y estar con varias personas es lo mismo, la monogamia requiere fuerza de voluntad, la poligamia, por otra parte, demasiada logística.

19.9.10

DÉCIMA MUERTE -Xavier Villaurrutia

¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte 
de estar viviendo sin verte 
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar 
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.


22.8.10

Pájaro Azul de Charles Bukowski


Charles Bukowski

Hay un pájaro azul en mi corazón que

quiere salir

pero soy duro con él,

le digo quédate ahí dentro, no voy

a permitir que nadie

te vea.

31.7.10

De cortesía

Sabed comportaros en el mundo. Si se os ocurre deslizar la mano bajo las faldas de la vecina, con el fin de romper hielo, hacedlo con la suficiente discreción 114 para que su marido no se dé cuenta. Hay gente que es susceptible y a la que esto podría molestar. Si, por casualidad, la dama pareciera encontrar un poco osada vuestra actitud, 

5.7.10

PALATABLES

¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los

pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos

mentales, diversión de los pobres, esparcimiento de los

intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gracias, Señor, por habernos

concedido el uso de los artefactos, que hacen más que palatable la

estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

La mujer que no -Jorge Ibargüengoitia

29.6.10

HISTORIA DEL JOVEN CELOSO

Había una vez un hombre joven que estaba muy celoso de una joven muchacha bastante voluble. Un día le dijo. "Tus ojos miran a todo el mundo". Entonces, le arrancó los ojos. Después le dijo. "Con tus manos puedes hacer gestos de invitación" Y le cortó las manos. "Todavía puede hablar con otros", pensó. Y le extirpó la lengua. Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes. Por último, le cortó las piernas. "De este modo —se dijo— estaré más tranquilo." Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. "Ella es fea —pensaba—, pero al menos, será mía hasta la muerte."

Un día volvió a la casa y no encontró a la joven muchacha: ella había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

Henri Fierre Cami

15.6.10

Instrucciones para el lector


PÓNGALE USTED EL TÍTULO QUE QUIERA

justo sobre la línea punteada.
(Se sugiere hacerlo con lápiz:
todos somos susceptibles de cambiar de opinión.)
Al igual que con el título,
numere a su elección los puntos del recuadro
y únales con una línea
para obtener la ilustración de la portada.

Forme una ronda
con todos los niños de la casa
antes y después
de leer cada página.
Al término de ésta,
pregúnteles
qué es la Vida y quién es Dios.
Puede también,
si lo desea,
cuestionarles
sobre el origen del Dolor o de los Sueños
y de Dónde Venimos y hacia Dónde Vamos.

Le advertimos que las respuestas
le quitarán un día de vida cada una,
pero le ayudarán a comprender mejor el libro.

Cuando encuentre un /
escoja Usted la opción
que más le guste.

En caso de encontrar algo más que un silencio
en las páginas en blanco,
remita su queja de inmediato
a la empresa editorial.
Su queja no será atendida,
pero por lo menos le quedará el consuelo
de saber que alguien la leyó.

Por el contrario
si algún poema le resultara francamente
deplorable / abominable / deleznable / vomitable / despreciable
existe una cláusula en el contrato
del autor con la compañía,
en el cual, se obliga a éste a resarcir su falta
remitiéndole al usuario
un catálogo de mil poemas
para sustituir al defectuoso.

Categóricamente,
se prohíbe acompañarlo con leche.
Se sugiere
un café / una botella de tequila / un trago de cicuta / una cerveza / un té.

De igual forma,
se prohíbe hacer alusión al Himno Nacional
cuando se encuentren frases salidas
de la Sabiduría Popular.

Al leer el libro,
déjese caer en tentación,
no se libre del mal.

Ni por
error / curiosidad / güevos
tenga la ocurrencia de alterar
el sentido original de lectura.
De hacerlo,
los Demonios le perseguirán mientras exista.

Haga media pausa después de cada ,
una después de cada ;
y dos después de cada. , ,

Se advierte que este libro
es sólo cuchillito de palo:
quien intente cortarse las venas,
matar al vecino,
cazar al nahual
o torturar al ser amado con él
se llevará una gran desilusión.

Consideramos prudente también advertir
que no se encontrará prólogo alguno:
los prólogos sólo sirven
para facilitarle el trabajo
a los reseñadores de los diarios
ya los maestros de ceremonias de las presentaciones.

Igualmente se omite la dedicatoria
porque la musa a quien está dedicado este poemario
tiene una pareja celosa / murió / se fue con otro / no le importa para nada esta edición.

Escriba con sangre en la pared,
sobre la cabecera de la cama,
todos los poemas que merezcan ser leídos.
En caso contrario
anotarlos con gris
en la lengua
del zapato.

Si se decide a leerlo de día,
ármese con una linterna y una brújula.
De noche serán necesarias
una vela y una mujer.

Al término de la lectura,
si se decide a reprobar la publicación de este libro,
no lo rompa ni lo queme:
de cada trozo o ceniza
surgirá un nuevo libro.

Se recomienda hacerlo rollito
y meterlo en una botella:
cuando todos naufraguemos,
ésta será la botella que usted encuentre:
con el hallazgo Usted
se convertirá en cenzontle o se volverá loco:
las dos opciones son buenas.

Pero,
en caso de que llegara a gustarle,
corra a mirarse al espejo más próximo:
notará que Usted no será ya nunca más el mismo:
habrán empezado a brotarle alas en la espalda.

Gustavo Hernández

----------


HERNANDEZ, Gustavo. Póngale usted el título que quiera. Guadalajara, Méx.: Ediciones Arlequín, 1994.

8.5.10

"Hombres necios que acusáis" de Sor Juana Inés de C.


Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:



si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si la incitáis al mal?


Cambatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.


Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

el niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.



Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia.



¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo,

y siente que no esté claro?



Con el favor y desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.


Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por crüel

y a otra por fácil culpáis.



¿Pues como ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?



Mas, entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena.



Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.



¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?



¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?


Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.


Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.


Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.




Sor Juana Inés de la Cruz